Winerurg, Ohio.



George Willard, este joven de un pueblo de Ohio, crecía aprisa hacia la adultez y nuevos pensamientos invadían su mente. Todo aquel día se había sentido solo, en medio de aquel torrente de gente en la feria. Estaba a punto de abandonar Winesburg, para ir a alguna ciudad donde esperaba encontrar trabajo en algún periódico, y se sentía maduro. El estado de ánimo que lo había posesionado era conocido a los hombres y desconocido a los jóvenes. Se sentía viejo y un poco cansado. Los recuerdos se despertaron. A sus ojos este nuevo sentimiento de madurez lo separaba de los demás, hacía de él una figura semitrágica. Quería que alguien entendiera el sentimiento que lo había posesionado después de la muerte de su madre.
Hay una época en la vida de cada muchacho cuando por primera vez lanza una mirada retrospectiva a su vida. Quizá es ése el momento en que cruza la línea hacia la edad adulta. El joven camina a través de la calle de su pueblo. Piensa en el futuro y en el papel que jugará en el mundo. Las ambiciones y los arrepentimientos se despiertan en él. Repentinamente algo sucede; se detiene bajo un árbol y espera como si una voz llamara su nombre. Fantasmas de cosas antiguas penetran en su conciencia. Las voces en el exterior susurran un mensaje que concierne a las limitaciones de su vida. Después de haber estado seguro de sí mismo y de su futuro, se torna inseguro. Si es un joven imaginativo se abre abruptamente una puerta ante él, para que por primera vez mire hacia el mundo, viendo como si caminasen en procesión ante él las incontables figuras de hombres que, antes de su tiempo, han surgido de la nada al mundo, han vivido sus vidas y han desaparecido nuevamente en la nada. La tristeza de la sofisticación ha llegado para ese joven. Con un pequeño estremecimiento se ve a si mismo como una hoja que arrastra el viento a través de las calles de su pueblo. Sabe que a pesar de las estimulantes palabras de sus compañeros, debe vivir y morir en la incertidumbre como cosa arrastrada por los vientos, una cosa destinada a marchitarse como el maíz en el sol. Se estremece y mira ansiosamente a su alrededor. Los 18 años que ha vivido parecen sólo un momento, un átomo de tiempo en la larga marcha de la humanidad. Ya oye a la muerte llamar. Con todo su corazón desea acercarse a otro ser humano, tocar a alguien con sus manos, ser tocado por la mano de otro. Y si prefiere que ése alguien sea una mujer es porque cree que una mujer será más delicada, que entenderá. Lo que más desea es que le comprendan.
Abstracto del libro de Sherwood Anderson: Winerurg, Ohio.